El Templo del Ocaso

Blog de relatos de escritores novel. Fantasía, Terror, Romance...

Miles de gracias a mi querida y magnifica amiga ilustradora Evelt por hacerme esta preciosa ilustración. Podéis ver más de su trabajo en su pagina: https://www.facebook.com/eveltyanait.Ilustracion



Había una vez hace muchos, muchos años, en la ciudad de Eterlune, una fabricante artesana de muñecas mágicas que se llamaba Carla. La artesana era una mujer joven y poco agraciada que siempre estaba sola. Suplía su falta de belleza creando cosas hermosas o al menos eso es lo que la gente pensaba. Las muñecas parecían tan reales que todo el mundo deseaba tener una de ellas.
La magia de las muñecas las hacía hablar y tener ciertos comportamientos que las hacían parecer vivas.
La artesana había estado toda su vida enamorada de Lyno, que era un joven muy atractivo y solicitado. Todas las mujeres suspiraban por sus ojos verdes, su cabello dorado y su piel blanca y fina. Parecía una hermosa muñeca.
Carla fabricó en secreto una muñeca exacta a Lyno, trabajó con dedicación y recreó hasta el mínimo detalle; pensaba que si le regalaba la muñeca a Lyno, él la admiraría y se fijaría en ella. Así que emocionada, cuando por fin había acabado su obra, fue a casa de Lyno y la dejó frente a la puerta con una nota que decía, “sólo tengo ojos para ti. ¿Aceptarías encontrarte conmigo en la fuente del parque mañana a las 7?”
Lyno pensó que una admiradora había encargado esa perfecta copia de él mismo a la fea fabricante de muñecas. Una pieza tan perfecta debía haber costado mucho dinero y se la habían regalado; sin duda su admiradora debía ser de familia adinerada y Lyno decidió asistir a la cita.
Carla se puso su mejor vestido, se peinó e incluso intentó maquillar su feo rostro. La imagen que le devolvía el espejo la descorazonaban,pero pensó que si Lyno era tan hermoso por dentro como por fuera, aceptaría sus puros sentimientos sin reserva. Aun así quería que Lyno la conociera antes de revelarle quien era de verdad y se cubrió el rostro con un velo.
Esperó en la fuente a que él viniera y la recibió con un hermoso ramo de flores. Lyno fue educado y amable, pasearon y hablaron largo rato por el parque. Sí, su hermoso Lyno era perfecto, seguro que la aceptaría después de haberla conocido y ver lo que sentía por él con su regalo.
Lyno le dijo palabras galantes y cuando alzó el velo para besarla, su arrebatadora sonrisa mudó en una mueca de asco.
“¡eres la fabricante!” le dijo con repulsión.
“Eres tan fea que sólo conseguirías una pareja si te la fabricases tú misma “. Se burló Lyno. “No me hagas perder el tiempo.”
Carla lloró tanto que sentía que se le iba a acabar el agua del cuerpo.  Pero Lyno tenía razón, nadie querría a una mujer tan fea como ella. Si quería alguien a su lado, debería creársela.
Cuando las lágrimas se acabaron un fuerte sentimiento anidó en su corazón. Crearía un hombre tan hermoso que ni Lyno podría comparársele.  Sería tan perfecto que todos suspirarían al verlo, pero sería de ella, sólo de ella.
Además no se parecería en nada a Lyno, sería totalmente opuesto a él.
Lo hizo de una altura que superaba la media ya que Lyno eraalto pero no demasiado.
 Lo hizo con cuerpo fibrado ya que Lyno poseía un cuerpo fino, andrógino.
Lo hizo con el pelo tan negro como la noche ya que Lyno lo tenía dorado como el día.
Lo hizo con ojos dorados, para que fueran mucho más llamativos que los verdes de Lyno.
Lo hizo con piel oscura como la tierra ya que Lyno la tenía clara como la nieve.
Su rostro era más varonil que el de Lyno, reflejaba fuerza y sensualidad.
Carla ideó un sello mágico especial para su mejor creación,le hacía más real que a ninguna de las muñecas que había creado jamás.
Le llamó Garlan.
Cuando lo terminó lo convirtió en su ayudante en el taller. Le trataba como si fuera un ser vivo, le hablaba e incluso le ponía un plato en la mesa aunque no comiera.
 Durante ese tiempo Carla fue feliz, le sentía como su único compañero y amigo.  Así que un día decidió ir a pasear por la ciudad con él. La gente se maravillo a su paso. Todos pensaban que era un hombre real, pero cuando Lyno los vio supo de inmediato la verdad; vio a ese muñeco perfecto, más hermoso que él, él mismo podría haberse enamorado si el sentimiento de celos no hubiera sido más fuerte.
Arrancó a Carla del brazo de Garlan y la tiró al suelo.
“Realmente te has tenido que fabricar una pareja, eres patética.
No te mereces tener algo tan hermoso.”
La gente se indignó al saber que era un muñeco, muchos desearon adquirirlo.
Acosaron a Carla hasta la saciedad, intentaron robarlo.Carla tuvo que encerrarse en su casa.
Reforzó las protecciones mágicas y abrazó a Garlan con lágrimas en los ojos.
“Todos tienen razón, nadie puede quererme siendo como soy,si tú fueras real no estarías conmigo, estoy segura. Debería haberte hecho tan feo como yo…”
El sello que había usado Carla para animar a Garlan era muy especial y antiguo, lo había encontrado en uno de los libros de su abuelo.Carla no sabía que en realidad ese sello daba vida real a los objetos inanimados, pero para que el sello funcionara por completo, el que había animado al objeto debía creer que este estaba realmente vivo.  Esa fe era la que le daría la vida total y la fabricante de muñecas lo había hecho con Garlan.
Sufría por Carla, él era un muñeco y no entendía cosas como la belleza. ¿Qué importancia tenía que una nariz tuviera una forma u otra, que unos dientes estuvieran rectos o torcidos, que los ojos fueran más pequeños o grandes?¿Qué  importaba todo eso?,¿ Acaso no eran nariz, dientes, y ojos igual?  
Él sólo entendía de sentimientos, que era lo primero que había captado cuando el sello le dio la vida.
Carla era dulce, le gustaba hablarle a todas sus muñecas,les decía cosas bonitas, les tarareaba canciones. Siempre sonreía a las niñas que venían a comprarle muñecas baratas. Carla era hermosa, quiso decirle que era la más hermosa de todas.
Garlan le devolvió el abrazo como lo haría un hombre y no una muñeca, le limpió las lágrimas con sus oscuros labios y se lo dijo.
Nadie sabe qué pasó esa noche, pero al día siguiente el taller de muñecas mágicas estaba cerrado y vacío.
Décadas después llegó una mujer de piel oscura, ojos dorados y nariz torcida acompañada de un extraño enmascarado,  que reclamó el taller y aún sigue allí fabricando muñecas mágicas como las de Carla.

Heremo el joyero

Érase una vez hace mucho, mucho tiempo en la ciudad de Imbhra, un joyero cuya maestría no tenía parangón.
Su nombre era Heremo y pertenecía a la raza de los elvan que eran reconocidos por su pericia para tr
abajar los metales y las piedras preciosas.
Venían de los lugares más remotos a encargar las piezas de Heremo y él siempre superaba las expectativas de sus clientes.
“Deseo un anillo que haga suspirar de deleite a mi amada” Y ella pasaba el resto de sus días con una sonrisa y un suspiro soñador en los labios.
“Deseo un colgante que muestre  mi magnificencia” y el colgante hacía que su dueño recibiera alabanzas allá por donde pasara.
Ese era el don del famoso joyero Heremo y por él pedía sumas desorbitadas que hicieron su clientela cada vez más selecta.
Las piezas también se hicieron cada vez más perfectas, más deseadas y el joyero elvan también sintió la soberbia crecer en él.
Un día una dama del helado país de Zhemcin se apareció ante él con su piel perlada,  cabellos níveos y sus ojos plateados.Ciertamente era una mujer muy hermosa y pidió a Heremo una tiara digna de su belleza.
El joyero comenzó atrabajar con plata de los hielos eternos de Zhemcin, perlas de las marismas delos Hydrel y cristales azurés de las estalagmitas de las cavernas sumergidas.
Cuando hubo terminado la tiara sabía que era la joya más hermosa que había creado hasta ese día y sabía que la dama  estaría satisfecha. Pero cuando vino a buscarla algo sucedió.
“Una tiara digna de su belleza” le había dicho. Pero Heremo miró a la dama del país del hielo,después miró la tiara que descansaba sobre un cojín de satén e hilos de plata yvio que algo no estaba bien.
La joven se llevó una de sus finas manos al pecho y contuvo el aliento al ver la pieza.
“¿Cómo puedes insultarme de esta manera?” Le dijo al joyero con lágrimas de rabia en los ojos.
Heremo no podía entender que había pasado. La tiara en la que con tanto afán había trabajado ahora parecía pobre, deslucida, fea. ¿Cómo no lo había visto antes?, le había parecido tan maravillosa mientras la creaba.
La joven dama se marchó dando un portazo y dejando un rastro helado tras ella.
Heremo cogió la tiara y esta se dobló, estaba oxidada. Imposible, el metal que había usado no podía deteriorarse.
El elvan  pasó días consternado, sin poder entender nada de ,lo que había pasado. Pero un nuevo cliente apareció yse decidió a dejar pasar tan extraño suceso y continuar como había hecho hasta ahora.
Llegaron más encargos y el joyero trabajó con seguridad. Aun así los resultados siempre eran decepcionantes y Heremo comenzó a desesperarse, pero él era el más grande joyero que había existido.
Esta vez fue un caballero dragón rojo el que requería sus servicios. Quería un anillo que reflejara la fuerza y el poder de su familia.
Heremo asintió seguro de que podría crear una pieza tan magnifica que haría olvidar sus recientes fracasos.
Viajó a las lejanas tierras de los dragones rojos a buscar él mismo las gemas de fuego y el metal de lava que ellos tanto apreciaban. Trabajó en las forjas donde los guerreros filoflama forjaban sus armas, soportando con la ayuda de una capa de los hielos eternos, temperaturas que derretirían a cualquier mortal.Así sabía que el orgulloso caballero sentiría el anillo como si hubiera sido hecho con su propia carne y sangre.
Su piel otrora blanca como la luna se había vuelto oscura como la tierra y su cabello había desaparecido para siempre calcinado por el fuego.
Pero se presentó ante el caballero dragón y le mostró el soberbio anillo.

“¡¿Cómo osas insultarme de esta manera?!” rugió.
Los ojos del elvan que habían sido azules como el cielo y ahora se habían vuelto blanquecinos como el hielo, se abrieron asustados.

“Imposible, no puede ser, otra vez no…”
El anillo en el que tanto había trabajado resultaba ridículo, ciertamente un insulto para cualquiera.
Heremo sintió que el mundo se hundía bajo sus pies, todo se volvió un caos a su alrededor. No fue del todo consciente como el caballero dragón rojo mandaba que lo apresaran y ejecutaran. Sólo corrió, necesitaba escapar de todo aquello, incluso de si mismo.
Corrió y corrió con la ligereza de la que es capaz su raza y ni los dragones rojos pudieron alcanzarle, se internó en los bosques y ni los dragones rojos alados desde los cielos pudieron encontrarle.
¿Qué había ocurrido con su don? Él era capaz de crear las cosas más magnificas y hermosas para los seres más elevados. ¿Había perdido sus facultades?
Sus manos temblaron mientras corría. Pasó meses merodeando por los bosques casi sin comer ni beber.

Los meses se volvieron años, los años décadas y las décadas centurias. Heremo el joyero había pasado a ser un recuerdo. Nadie había vuelto a hacer joyas tan espectaculares como las suyas y nadie lo había intentado convencidos que la caída de tan gran artista había sido un castigo de los dioses.
Los elvan continuaron tallando gemas, fundiendo metales y dándoles forma. Sus piezas seguían siendo las más hermosas, pero algo se había perdido con la desaparición de Heremo. La capacidad de sobrecoger.



Sany miraba a Lilia pasear de un lado a otro repartiendo comida y sonreía. La había arrinconado de camino a la cocina e informado que se vería con su caballero esa misma noche. Se alegraba por su amiga, pero ella tenía otras cosas en mente.
Sany servía a los sacerdotes, pero como pasaba tanto tiempo en el jardín del último nivel, también tenía mucho trato con los hechiceros que se encontraba allí. Había conocido a Bel y poco a poco habían trabado amistad. Bel era un aprendiz de hechicero y se especializaba en la magia herbaria. Por eso pasaba tanto tiempo en el jardín.
Él era tremendamente tímido y fue Sany la que le habló por primera vez haciéndole preguntas sobre las flores. de eso hacía tres años y Sany ya tenía diecisiete y Bel veintidós. Cada día hablaban y se acercaban más el uno al otro. A Sany le había costado conseguirlo, pero una vez le había cogido confianza, Bel le explicaba cosas fascinantes.
Bel no era como el caballero de Lilia. Era un simple humano de ojos verde hierba y manos delicadas. De una timidez encantadora y palabras susurradas. Pero Sany no le cambiaría por nada del mundo, sobre todo después de que tres días atrás la había besado tras ponerle un ranúnculo en los cabellos.
Esa flor estaba envuelta en un pañuelo bajo la almohada de la sirvienta y ella la tocaba cada noche antes de dormir.
Sany se acercó con su bandeja a la mesa de Bel y ambos se rozaron las manos con discreción.
Pero la muchacha nunca había hablado de esto con Lilia. Sabía que su amiga no podría evitar comparar a Bel con Frainost y a Sany le hubiera dolido eso.

Al fin el banquete había terminado y todo estaba recogido. Lilia estaba tan impaciente por marcharse a su habitación a arreglarse que no cabía en si de los nervios. Cuando por fin estuvo en su cuarto se relajó mientras arrojaba el delantal a un rincón.
-Puff- resopló Sany mientras se apartaba el sudado cabello de la frente- la próxima vez fingiré estar enferma.
Lilia asintió
-Creo que yo haré lo mismo-
-Entonces sería sospechoso. No crees?-
Las dos muchachas rieron.
Unos golpes sonaron en la puerta, ambas se miraron sorprendidas.
Sany abrió la puerta con cuidado y encontró a Miria.
-A sucedido algo?- preguntó con cierta inquietud ante la insólita visita.
La jefa de sirvientes negó.
-No os preocupéis muchachas, tan solo necesito un favor.
Las jóvenes sirvientas la miraron con interés.
-Puedo pasar?- Sany se apresuró a abrirle paso, ruborizándose por su falta de cortesía. Pero sus ojos se abrieron como platos al ver lo que la mujer llevaba de la mano.
Era la niña águila de la que todos hablaban. La niña que había traído el capitán Frainost.
Lilia miró a la pequeña con aprensión, recordando cuando la había visto en la habitación de su caballero.
-Los cuchicheos corren más que el viento- dijo la mujer- así que supongo que ya sabéis quien es-
Sany asintió estupefacta. Lilia se retorcía el vestido.
-Hasta mañana no podemos prepararle una habitación y yo no puedo acogerla. Esta noche se quedará con vosotras-
La niña las miró con ojos de búho. Llevaba un camisoncito blanco que debía haber pertenecido a la nieta de Miria y el contraste con su piel morena era tremendo.
Sany se acuclilló frente a la pequeña y le sonrió.
-Ya verás, te cuidaremos muy bien. Soy Sany, y tú?
-No entiende nuestro idioma y tampoco habla-dijo Miria.
La sirvienta la miró con tristeza.
-Vaya… bien, no importa.
Sany miró a su alrededor buscando algo. Se le iluminaron los ojos y corrió al jarrón que tenía en la ventana. Cogió un ranúnculo rojo y se lo tendió a la niña.
La pequeña dudó y lentamente alargó su manita y cogió la flor.
Sany le dedicó una radiante sonrisa y la niña águila abrazó la flor. Roja como la sangre, roja como los ojos de su salvador.
Miria miró a Sany con ternura. La muchacha era dulce y bondadosa, cuidaría bien de la niña. Sin embargo, Lilia continuaba quieta y envarada sin decir una palabra. La mujer frunció el ceño, algo no andaba bien en Lilia.

Frainost se sentó en su lecho mientras esperaba a la sirvienta. Pero estaba nervioso, la niña iba a dormir con desconocidos esa noche y eso le inquietaba. Sabía que Miria se encargaría bien de ella, pero había estado una semana sin separarse de la pequeña y sentía un vacio en el pecho. Realmente se había encariñado con ella y la perspectiva de darle su nombre le ilusionaba.
Su nombre… La niña no hablaba y no podía decir cual era su nombre, debía ponerle un nombre a la pequeña que iba a convertirse en su hija.
Inmediatamente pensó en su madre, le dolió recordar el pasado. Pero su madre tenía un hermoso y noble nombre, Dyleina. Dyleina Aseph, perfecto.
-Espero que Dyleina duerma bien- dijo para sí.

Lilia se escabulló del edificio de los sirvientes y atravesó el patio de la fortaleza con premura.
La noche era despejada y los rayos de Xiril tornaban todo de color azulado, Lilia frunció el ceño, esa luminosidad hacía que su vestido color crema adquiriera un tono verdoso enfermizo. Pero dentro de la fortaleza la luz cálida de las lámparas y antorchas mostraría el verdadero color del vestido y  eso la tranquilizó. Aun estaba enfadada por el tropiezo con Drechtel, se arrepentía de haberle hablado del modo que lo hizo, pero en aquellos momentos se había sentido tan furiosa al pensar que Frainost la vería con ese aspecto.
Rodeó la mole en la que había una entrada lateral para los sirvientes y saludó a los dos guardias que había apostados en ella.
La dejaron pasar y entonces se paró. Suspiró, se alisó el vestido y el cabello y se irguió para parecer lo más distinguida posible.
Estaba orgullosa de sus vestidos, era la sirvienta que más vestidos y más bonitos tenía. Quería lucir bien en cualquier momento a pesar de que se mancharan, pero ella siempre había sido cuidadosa.
Sany en cambio, siempre llevaba blusa blanca y faldas simples y de colores oscuros, ella ahorra cada moneda. Decía que quería ir a vivir a la ciudad de Elinor, conocida por sus hermosos jardines floridos todo el año y tener un negocio allí, que no iba a ser sirvienta para siempre. Lilia tampoco pensaba ser sirvienta para siempre, pero ella tenía otros planes.
Recorrió el estrecho corredor de piedra rojiza que la conduciría hasta la alcoba de su caballero.
La fortaleza estaba tremendamente silenciosa y ella se alegraba de estar allí en lugar de en su habitación con la sonriente Sany y esa horrible niña, no estaba segura de poder dormir con ellas a su lado. No entendía porque su caballero había traído eso con él y la trataba con una dulzura que jamás podría haber imaginado. Ojala Frainost le pidiera que pasara la noche con él, pero ella sabía que eso no era posible, aun no al menos.

Ya estaba en frente de la puerta. Volvió a comprobar su aspecto y llamó.
Cuando Lilia abrió la puerta halló a Frainost sentado en la cama, con la camisa desanudada, descalzo y con los antebrazos apoyados en las piernas.
El ojos de sangre había encendido un par de lámparas de aceite en consideración a ella, que como humana no podía ver en la oscuridad.
La muchacha se apartó el largo cabello dorado y caminó hacia él. Frainost la observa como un depredador observa a su presa. Se puso en pie lentamente para no sorprenderla.
El pecho de Lilia subía y bajaba ante la anticipación de lo que iba a pasar.
El ojos de sangre se inclinó hacia ella y acarició su oreja con los labios.
-buenas noches Lilia- susurró.
La muchacha se estremeció y sintió como se le aflojaban las rodillas.
Con celeridad Frainost la cogió de la cintura y la apretó contra si.
Lilia se sonrojó al sentir la presión de capitán.
Él la miró con intensidad y deseo. Acarició su dorado cabello y se inclinó para besarla en el cuello. Lilia se encendía con las caricias del ojos de sangre.
-desnúdame Lilia.
Las otras tres veces también se lo había pedido. ¿Era para quitarle la timidez al mostrarse él primero y dejar que lo hiciera ella?
La muchacha toco el bajo de la camisa de hilo negro y la fue levantando poco a poco mientras Frainost la ayudaba alzando los brazos.
El pulso de Lilia se aceleraba y cuando la camisa fue quitada, El ojos de sangre la arrojó a una silla.
Ella se embebió con la visión del fuerte y hermoso cuerpo del guerrero y no pudo evitar alzar una mano y pasearla por la pálida piel de su pecho.




Miria se sentó en el sillón más confortable que pudo encontrar en la espartana alcoba del capitán, hacía décadas que no pisaba esa habitación.
Una sonrisa agridulce se le dibujó en los labios al pensar que tan solo se llevaba siete años con el ojos de sangre. Pero él conservaba la lozanía de la juventud mientras ella había perdido el color del cabello y su piel se había arrugado.
Pero no le sabía mal, era feliz con su esposo Cam, el jefe de caballerizas. Sus cuatro hijos y dos nietos.
La extraña niña la observaba acurrucada en el lecho.
Frainost ya le había explicado todo y que la niña no entendía el idioma común, así que no intentó decirle nada. Supuso que el hacerle compañía sería suficiente.
Así que se sentó, tomo el cesto de costura que había ido a buscar y comenzó a coser un vestidito para la niña mientras cantaba bajito.
La pequeña realmente tenía un aspecto extraño. Las facciones del rostro tremendamente afiladas y la nariz aguileña. La piel marrón como la tierra y el cabello rojísimo. Pero cuanto más la miraba, más se daba cuenta de los detalles.
La niña era bastante bonita. Tenía una boca en forma de piñón de un tono más claro que la piel y unos grandes ojos de pestañas largas de un color gris oscuro muy hermoso. El cabello una vez lavado y peinado también podía ser bonito.
Si, a pesar de la primera impresión, la niña era linda.
La pequeña águila comenzó a mecerse lentamente al son de la canción de Miria.
Sus oscuros ojos le empañaron por las lágrimas y dejó que rodaran por su rostro sin emitir ni un sonido.
“mama” pensó y el recuerdo de su madre mientras oía a esa extraña mujer, la serenaron.
Se bajó con cuidado de la cama y se sentó a los pies de Miria. La mujer la miró sin dejar de cantar y sonrió.


-Deberíamos ayudar a Septa a conquistar karkaris y acabar con estos estúpidos enfrentamientos.
Nolok miró al capitán Bern Olaung.
-Crees que Septa es más civilizada que Karkaris?
El general Nolok se había reunido con sus capitánes para discutir tras su regreso de karkaris. Se hallaban el salón anexo al salón principal, en el que una mesa oval dominaba la estancia.
-Karkaris una vez fue territorio Septiano, hasta que los clanes se revelaron. La división por clanes a desestabilizado el país y eso también afecta a los países colindantes. Un rey y el territorio unido lo solucionarían- añadió Bern

Frainost irrumpió en la sala.
-gracias por honrarnos con vuestra presencia capitán Aseph
El ojos de sangre se colocó el puño a la altura del corazón y se inclinó respetuosamente.
-Disculpad el retraso Señor.
Nolok agitó una mano
-sentaos.

Los demás capitanes le miraban con suspicacia mientras él tomaba asiento a la derecha de Gara Birestia.
-No estáis de acuerdo con lo que os digo?- Bern trató de continuar.
Frainost colocó los codos en la mesa y enlazó los dedos.
-Pensaba que la fortaleza era neutral- No miró a nadie mientras hablaba.
-Eso es cierto- añadió Gara, la única mujer capitán y la cetrera de la fortaleza. La águilas broncíneas eran muy apreciadas para el uso en las batallas por su inteligencia y lealtad-Si hemos participado en la disolución de las trifulcas de los clanes a sido para que no afecten al comercio y la calidad de vida de sus habitantes. Pero el conquistar a un país no nos incumbe.
Nolok escuchaba discutir a sus capitanes, pero estaba cansado. Realmente servía para algo la fortaleza roja? Cuando era más joven y optimista creía que sí. Pero el tiempo y la experiencia le habían hecho comenzar a perder la fe. Miró al ojos de sangre que no había vuelto a decir nada mientras se miraba las manos.
-He oído que hallasteis algo en el camino Aseph- Nolok siempre se dirigía a sus hombres por el apellido.
Todos callaron y miraron a su general.
-Pensaba pediros una audiencia al respecto Señor- contestó el ojos de sangre.
-Exponlo ahora- Nolok estiró los brazos para señalar toda la sala- Sería bueno terminar cuanto antes para poder asistir al banquete.
Todos los demás asintieron con sonrisas, estaban cansados y hambrientos del largo viaje.
-Está bien. Encontré una niña águila broncínea en el bosque de Ozta, en el lado de la montaña niebla mientras atravesábamos la cordillera. Su pueblo había sido atacado por la maldición que les acecha. Volví al lugar pero no hallé a nadie.

Nolok se frotó la barba pensativo mientras los demás cuchicheaban.
Gara le dio un ligero codazo a Frainost para que le prestara atención y le susurró.
-En serio? Me gustaría verla
El ojos de sangre sonrió con los labios.
-Ya lo había pensado, mañana la llevaré contigo.
La mujer le mostró una amplia sonrisa. Como cetrera, tenía un especial interés por las águilas broncíneas a las que había dedicado su vida y enseñaba su manejo. El conocer a un tribu del águila era un raro honor, ya que esa raza se decía era hermana de las águilas broncíneas y se podían comunicar con ellas. Gara tenía los brazos y la cara llenos de marcas de arañazos y picotazos que la mujer de pelo pajizo y ojos castaños lucia con orgullo.
-Y cual era vuestra petición Aseph?
-Deseaba encabezar una partida de búsqueda de supervivientes.
Heral negó
-Eso es una perdida de tiempo, esa gente desaparece después de los ataques y se tarda años en volver a saber de ellos. Saben como esconderse.
-Que me sugerís señor?- Frainost ya sabía que no encontraría a nadie por mucho que buscara, pero debía seguir las reglas.
-Decídmelo vos ojos de sangre-
Frainost se miró las manos enlazadas y con un ligero suspiro enfrentó a su general.
-Estoy dispuesto a darle mi nombre y criarla-
El silencio se adueñó de la sala.
Nolok frunció el ceño.
-estáis seguro de lo que decís? Podríamos dejarla con los sirvientes y ellos se encargarían.
El ojos de sangre negó.
-He cuidado de ella desde que la encontré señor. Le daré mi nombre.

El general sostuvo la mirada del ojos de sangre valorándolo. Que era lo que pensaba redimir el capitán con este gesto? la muerte del hijo de Nolok? La desaparición de Feaol?
No podía saberlo. Pero notó la sinceridad del acto y le pareció bien.
-Mañana hablaremos más de ello y prepararemos los papeles. Ahora dirijámonos al salón principal y cenemos.
Las sillas hicieron un gran estruendo mientras sus ocupantes se levantaban de la mesa. Frainost se rezagó y Gara le cogió del codo. Le caía bien esa mujer, tenía algo de sangre de Suram, una raza de cambiaformas. Gara no había heredado esa habilidad, tan solo la longevidad, la empatía con los animales y la visión aguzada además de la nocturna.
-Es magnífico lo que piensas hacer- le dijo- me encantaría ayudarte con la niña. Además tengo media docena de huevos que necesitan vincularse y sabes que no me gusta que lo hagan con cualquiera.
Frainost asintió.
-Te lo agradezco mucho Gara.





Subimos a mi habitación, está igual que siempre. Vacía descontando el mullido lecho de blancas mantas.
Dejó mi bolsa sobre él y me siento. Me sobresalto como siempre, he vuelto a olvidar lo que es una superficie blanda. Me dejo caer al suelo y me siento mejor.

Humè de pie en la entrada, das dos pasos también te sientas en el suelo frente a mí.

-Pronto nos iremos de aquí. Te lo prometo-
Le hablo a tus oídos muertos, pero en realidad me lo digo más a mi mismo con la esperanza de que sea real.

Desde mi ventana abierta se oyen los pasos de los eiszeis y el canto de las donzhelas en la fuente. Humè y yo nos sumimos en el silencio y dejamos pasar las horas así. Mirándonos a los ojos.
Humè, puedes verme a pesar de estar muerta? Funcionan tus ojos de perla o se han apagado para siempre? Cómo pudiste encontrarme en el desierto blanco? Sientes algo?
Te pregunto con la mirada de mis ojos dispares, mis labios están estáticos como tu corazón Es mejor así, en esta casa las paredes tienen unos oídos que se llaman Sosna.
Casi como si evocarla en mi pensamiento la hubiera invocado, mi hermana aparece en la entrada de mi cuarto. Nos mira con su mirada increíblemente fría y habla con una voz más fría si cave.

“Mam dice que bajes a cenar.”

“gracias” le contesto con tono neutro, no la odio, pero ofreceré algún cariño sería como ofrecérselo a una piedra, hace tiempo que lo descubrí.
Se gira y se aleja lentamente, oigo sus pasos bajando la escalera, cuando dejo de oírlos me pongo en pie, pero antes me acuclillo frente a ti.
Poso una mano en tu hombro, no puedo sentir tu tacto llevando mi abrigo de foca sobre él.

-Espérame aquí.

No me ofreces ni un gesto, sólo espero que comprendas.

Mamke y Sosna están pie junto a sus respectivos asientos para esperarme. Cuando entro en la cocina me llega el olor de los alimentos cocinados y se me revuelve el estomago, pero no puedo demostrarlo, sería una descortesía.
Tomo asiento en el lugar que ocupaba mi paske cuando estaba entre nosotros y ellas se sientan después de mi. Ponemos la palma de la mano derecha sobre el plato y damos gracias por los alimentos.

-Im-mi ‘e.

Noto que mamke continua disgustada porque haya traído a Humè, no me habla, no me pregunta cómo me ha ido en mis viajes, dónde he estado, qué he visto. No habla.

Sosna hace otro tanto, como el eco sordo de mamke, ahora puedo verlas tan parecidas que me entra un escalofrío. Ellas comen lentamente, pero sin saborear.
Miro lo que hay sobre la mesa. Carne asada de foca, una ensalada de algas azules. Hogazas de pan salino y un bol con salsa de grasa especiada con minerales en polvo.

Cojo algo de pan y un poco de ensalada y como más lentamente que ellas, para que no le siente mal a mi cuerpo desacostumbrado a estos alimentos.

-Deberías comer mejor, estás muy delgado-
El comentario típico de una mamke que me hace mi mam me alivia. A pesar de todo soy su hijo y se preocupa por mí.
Cojo un poco de foca asada para hacerla feliz.
Quizá el sentirme mejor porque mamke me ha hablado hace que en ese momento lo recuerde.

-Hace poco recibí un pago de aguamarinas. Son muy puras. Había pensado que podrían servir para la dote de Sosna.

Noto la mirada envenenada de Sosna, ella no desea unirse a nadie, quería ser donzhela y no ha podido. Pero como hermana del sonhek, debe tener descendencia que me lleve al retiro cuando mis ojos se apaguen y nazca otro sonhek.

Mamke, del modo flemático de los eiszes, parece animarse también.

-es una buena idea, las aguamarinas son muy valiosas y los mejores pretendientes valoraran que haya en la dote.
Sosna termina de comer, noto que quiere marcharse y no oír más la conversación, pero el protocolo no le permite levantarse antes que yo.
Decido no prolongar su tortura y como más deprisa para dejar que se vaya a maldecir en silencio detrás de su mascara inalterable.

Me pongo en pie y Sosna recoge los platos tan rápido como puede sin despertar sospechas de tener verdadera prisa.

Mamke coge mi mano, me sorprende. Me mira con dureza, pero su mano es más cálida.

-Sveritze.
Estoy orgullosa de ti, no quiero que cambie eso.

Sé que se refiere a Humè.
Le sostengo la mirada, apartarla, bajarla, sería lo peor que podría hacer.
Aprieto su mano.

.-No cambiará, mam.

Ella asiente y su mirada sube unos grados. Sus intensos ojos azules me piden esa promesa y ahora se sienten algo satisfechos.

No quiero decepcionarla, no quiero que vuelva a sufrir.

Mientras Sosna lava los platos, mamke y yo hacemos inventario de las gemas que he conseguido en este viaje. Me alegra oírla hablarme como si nada hubiera ocurrido.
Me cuenta que el último intermediario fue atacado en los caminos y además de robado, perdió la vida.
Me preocupa oír eso, ni siquiera los guardias son capaces de defender a las caravanas de los eisze-nidui.

No se dan cuenta que la vida en las ciudades les ha vuelto ruidosos y vulnerables en terreno abierto. Mientras los eisze-nidui son tan silenciosos como una sombra blanca sobre la nieve.

Ellos me respetan como yo les respeto a ellos y no me atacan. Siento que las últimas gemas no pudieran llegar y me prometo buscar intermediarios mejor preparados aunque sus honorarios sean más elevados.

Les doy las buenas noches y subo a mi habitación rechazando la lámpara de mano que me ofrece sosna. Las luces artificiales me resultan molestas y acostumbrado a las negrísimas noches del desierto blanco, las sombras de la casa no son nada, puedo ver perfectamente cada escalón.

Humè, me esperas sin haberte movido ni un ápice. el paradigma de la calma, y deseo tocarte, sentir tu piel, tu pelo. No, no puedo hacer eso.
Entro en la habitación recordando dejar la puerta abierta y me siento en el suelo.
Te miro en silencio, no puedo arriesgarme a hablarte, mamke y sosna podrían oírme.

“buenas noches” susurro tan bajo que ni yo mismo puedo oírme.
Me estiro en el lecho, intentando ser “civilizado”, a pesar de encontrarlo incomodísimamente blando. Me pesa el estomago, la carne asada no me ha sentado bien, pero cierro los ojos, esperando poder dormirme a pesar de sentir que la habitación se cae sobre mí, que el aire es irrespirablemente cargado, caliente.
Cierro los ojos, estirado boca arriba, rígido como una columna.

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