El Templo del Ocaso

Blog de relatos de escritores novel. Fantasía, Terror, Romance...



La luna brillaba en el cielo, altiva. Cómo una reina rodeada de su corte de estrellas. Su luz era tenue pero suficiente para que un par de ojos acostumbrados a la oscuridad pudiesen ver las sombras grises de las lápidas que sorteaba con vehemente respeto. Ya casi eran las doce, debía apresurarse.

Aceleró el paso arrastrando el largo vestido negro por las quebradas baldosas. Aquella parte del cementerio era muy antigua y los caminos estaban invadidos de maleza y hojas muertas. Maldecía no haber pensado en ello ya que la falda estaría sucia al llegar al lugar en el que se reuniría con su convocado. La calurosa noche de verano combinada con la excitación y la ansiedad la hacía transpirar y se pasó el dorso de la pálida y pecosa mano por el labio superior para quitarse el picor producido por el sudor.

Tras el entierro de Alma había caminado deprimida por el cementerio en el que habían compartido tanto tiempo juntas, y en su paseo había hallado algo asombroso. Algo que no había visto antes en sus recorridos, a pesar de que sabía que ella y su amiga lo habían visto todo.

Estaba segura de que pronto sus sueños se verían cumplidos. No sabía de dónde había surgido aquella certeza, pero tampoco le preocupaba. Se había acostumbrado a ser diferente, a escuchar susurrar el viento y dejar la ventana abierta a las criaturas nocturnas, deseando ser una de ellas.

Alma se había dado por vencida; se había suicidado dejando una triste nota pidiendo perdón. Pero ella era diferente. Ella sabía que existían. Que los cuentos eran reales. Que los sueños dónde él aparecía, espectral y hermoso, ofreciéndole una eternidad junto a él, algún día se realizarían.

Por ello, cuando la encontró se sintió morir de felicidad. Y observándola con deleite, preguntándose cómo era posible que la magia hubiese estado tan cerca todo ese tiempo, le vino a la mente aquél ritual. La llamada que ella y su amiga habían inventado durante su oscura adolescencia, intentando que sus sueños se hiciesen realidad. Porque ninguna de las dos soportaba ser una simple mortal: seres de escasa inteligencia, vulgares e ignorantes.

Por ello compró la tela y se hizo el vestido; uno nuevo, más hermoso y engalanado que los anteriores. Negro como la noche, de una sola pieza y cubierto de delicado encaje. Lo había preparado todo a conciencia durante un largo mes, esperando con ansia la luna llena.

Giró a la derecha sorteando un mal conservado panteón familiar y llegó hasta un pequeño claro en el que se elevaba una única lápida de un blanco reluciente. La tumba estaba intacta, cómo si el derrumbe del tiempo no la hubiese tocado; a diferencia de todo aquello que la rodeaba, el mármol níveo e impoluto no tenía ni una sola brecha, y las flores de su base se conservaban frescas aún a aquellas intempestivas horas de la noche.

El candil bailoteaba de un lado a otro en su mano y la llama de la vela palpitaba. Parecía batallar contra la oscuridad cuándo se acercó a la lápida, cómo si a duras penas consiguiese mantener aquél pequeño círculo de luz; cómo si ésta tuviese vida propia y se abalanzase sobre la mujer, tratando de apagarlo, intentando devorarla.

Ella levantó el farol y leyó la inscripción:
Vita et Fugacem. Mors est Aeterna. Vita Mors est.

Su vientre se contrajo con excitación y la mano que sostenía la lámpara de negro metal se estremeció de emoción. Pasó una mano temblorosa por la inscripción y acarició la delicada forma de las letras.

La vida es fugaz.

Depositó el farol sobre la verde hierba que rodeaba la sepultura y sacó un recargado cuchillo de entre sus ropas. Alzándolo sobre su blanca muñeca descubierta hizo un pequeño corte dejando que un hilo se derramase sobre la inmaculada lápida y cantó así:

La vita è fugace,
La morte è eterna,
Venite a me, beve il mio sangue scuro creatua,
E dammi il tuo sangue,
Per condividere con me la tua eternità.

Las melódicas palabras en italiano hicieron eco en la oscuridad, que pareció tragárselas con una lóbrega risa de bienvenida. El viento sopló con fuerza e hizo volar la larga falda, sacudiéndola. Pero ella se mantuvo inmóvil, sangrando, esperando. El aire arrastró el olor a óxido de su sangre y lo esparció por el cementerio.

La muerte es eterna.

Tras unos minutos de interminable espera el viento se detuvo. La oscuridad de la noche pareció hacerse más profunda pero ella permaneció inmóvil, a la espera, conteniendo el aliento.

Nada ocurría. Esperó y esperó, observando las tinieblas, pero él no venía.

Aguzó el oído pero sólo percibía el sonido de los pequeños insectos correteando entre las piedras. Observó con detenimiento cada sombra y contorno, forzando su vista hasta que los ojos le dolieron, pero sólo distinguía la forma de las oscuras lápidas más próximas.

El cabello se apegó a sus sienes y el calor del verano la sacudió de pronto como si de una ola se tratase, haciendo que se tambaleara. La sangre dejó de manar del corte y empezó a secarse, mezclándose con la humedad de su piel irritada por el negro encaje.

Mientras, poco a poco, la desesperanza se instalaba en su pecho y constreñía su corazón mortal, asfixiando a su némesis con impasibles dedos helados.

La figura de la mujer osciló, débil y extenuada. Su respiración se convirtió en jadeos, y lágrimas de desesperación y tristeza manaron de la comisura de sus ojos.

- Por favor. Por favor… -suplicó a la noche y a su reina.

Y entonces lo escuchó. Algo se arrastraba sobre las baldosas, al borde del claro de la lápida frente a la cual se encontraba ella. Más allá de su pequeño círculo de luz protectora.

Cogió el farol y trató de iluminar la zona de dónde provenía el sonido alargando el brazo, pero no vio nada. Tan sólo las lápidas ajadas que a la mortecina luz rojiza de su candil parecían cubiertas de sangre.

Su corazón volvió a latir con expectación cuando lo escuchó de nuevo. Algo siseaba y se arrastraba tras ella, más allá del círculo de luz. Giró intentando enfocar la mirada en la negrura y creyó distinguir dos puntos negros algo más a la izquierda.

Aún más oscuros que la misma oscuridad, parecían perforarla.

Tragó con dificultad. Su garganta estaba seca e irritada y el sudor le apegaba el cabello a la piel, dificultándole la visión. Limpió con sus nerviosos dedos las lágrimas que habían empañado su mirada.

- ¡Convocado! ¡Mi compañero! ¡Sal de entre las sombras y muéstrate! – ordenó con su sangre bullendo de agitada esperanza.

Las palabras salían de sus labios tal y como las había ensayado, repitiéndolas frente al espejo una y otra vez. Cómo las había escuchado de sus propios labios oníricos en sus sueños cada noche.

Una risa siseante y burlona le respondió desde el cobijo de las sombras.

Ella titubeó; aquello no era cómo lo había soñado. El miedo empezó a ganar terreno en la parte lógica de su mente.

Parpadeó confusa.

- Apaga la luz. – la voz era dulce, hermosa, cándida.

La voz de una afable chiquilla. De una anciana abuela ofreciendo dulces a sus nietos. De una madre cantando una dulce tonada a sus hijos. Una voz que le ofrecía consuelo y amistad. Pero algo estaba mal en ella. Algo percibió en el trasfondo de aquella voz que le hizo sentir horror.

Su corazón aceleró sus latidos y todo su cuerpo empezó a temblar de pánico. Aquella voz no era la que esperaba oír. Algo en su mente le gritaba que huyese de aquél lugar, que no escuchase esas palabras, que mantuviese la luz encendida. Sus manos temblaban, ya no de frenesí y deseo, sino de terror. Un terror que le impedía pensar, invadiendo su mente con un grito interminable y atroz.

- ¿Quién eres? – preguntó aferrando el cuchillo con fuerza. Su voz chillona, renuente, baja, casi inaudible.

- Apaga la luz y lo verás. – la suave y melódica voz volvió a hablar, esta vez más cerca.

La vela parpadeó y su luz pareció menguar. Impávida e inalcanzable, la reina luna se ocultó entre jirones de foscas nubes y la noche se hizo más penetrante.

Ella quería gritar, quería huir; pero sus pies estaban firmemente clavados en el suelo. Quizá en alguna parte de su acobardada mente todavía esperaba que sus sueños se hiciesen realidad, que su compañero apareciese y alejase a aquella tenebrosa criatura. O quizá tenía demasiado miedo.

Trémula, retrocedió sobre la hierba y sus corvas chocaron contra la lápida. Asustada más allá de lo imaginable, alargó la mano con la que sostenía el cuchillo y lo dejó caer con dedos flojos, aferrando la blanca superficie en su lugar.

Estaba fría. Tan fría.

El penetrante olor de su miedo impregnó el aire y la criatura, fuese lo que fuese, pareció deleitarse en él.

La vida es muerte.

- Po-Por favor… - sus súplicas tenían ahora un cariz distinto.

Había descubierto que no deseaba morir. Al menos no de la manera en la que su imaginación, aterrorizada y vertiginosa, le mostraba atormentándola cada vez que la luz del candil titubeaba.

- ¿Apagas la luz? – preguntó aquella espantosa voz casi a un brazo de distancia.

Ella podía percibir el empalagoso aliento perfumado de eucalipto envolviéndola. Le revolvía el estómago. Quería vomitar.

- Vete. Vete... –cerró los ojos con fuerza y repitió una y otra vez. - Vete. Vete. Vete…

Imploraba a la criatura. Rogaba a la noche en busca de ayuda. Desesperada, suplicante. Ansiando que la luz de la pequeña vela no se apagase nunca.

- ¿No apagas la luz? – reprochó la voz, deleitada con su tormento.
- ¡Vete!. ¡Vete!. ¡VETE! - su voz se fue elevando cada vez más, hasta convertirse en un chillido histérico.

De pronto se hizo el silencio.

Ella sollozó y se acurrucó apoyando la espalda contra el frío mármol, aferrando el candil contra su pecho. Espasmos de miedo sacudían su cuerpo.

- Márchate. – ordenó alguien oculto en la tinieblas.

Un suspiro brotó de las sombras, proveniente quizá de la pavorosa criatura, y su presencia se desvaneció tal y cómo había llegado.

La mujer alzó la vista, aferrando la lápida en una mano y el candil en la otra, y se encontró de nuevo con aquellos ojos ocultos más allá de la línea de luz.

Tan negros. Negros como el desánimo. Como la desesperanza. Como el desaliento y la desazón que abaten los corazones.

Más oscuros que la propia oscuridad.

- No debes jugar con la oscuridad. – su voz era profunda, tosca.

Como si le costase formar cada palabra y las expulsase a través de sus labios con esfuerzo.

Pero fue el umbroso abismo de sus ojos lo que la capturó, aprisionándola en sus profundidades.

– Ven. – ordenó el sombrío ser.

La mujer se alzó, sin voluntad aparente, y caminó hacia aquellos ojos. Siguiendo su presencia ya que no podía verle.

Caminó a través de la necrópolis, desandando lo andado, hacia las grandes puertas de entrada. Escaló el muro de cemento sintiendo que alguien la impulsaba, sosteniendo su cintura sin llegar a tocarla. Como si la misma sombra hubiese tomado forma.

- No juegues con la oscuridad – la voz resonó en su mente, profunda y lóbrega; le pareció que era casi una súplica.

Ella asintió con una vana sonrisa antes de caer al otro lado del muro. En cuanto sus pies tocaron el suelo se derrumbó sobre la hierba. Acurrucada en su humedad, con su vestido enredado en las piernas y sosteniendo todavía el candil en la mano, cerró con fuerza los ojos.

- Quédate conmigo – pidió a aquél ser. – No jugaré contigo.

La vela se apagó y la oscuridad la envolvió como un manto, abrazando su frío cuerpo inerte. Ella le dio la bienvenida con alivio.

El convocado había venido a ella.

Sintió primero lo que quizá serían sus manos, acariciando su rostro. Luego su aliento en su nuca y su pecho contra su espalda, cobijándola. Era tan frío como lo había imaginado.

Y así durmió entre sus brazos por última vez.

Pues fue esa la última noche que formó parte de la humanidad.

Cuándo las luces del alba iluminaron la mañana interrumpiendo en cada rincón con su calor, se alejaron espantadas de las dos figuras acurrucadas sobre la grisácea hierba muerta.

Una fue tal vez una humana. Una forma pálida que se disolvía entre jirones oscuros.

La otra… la otra quizá nunca fue nada.

Nada más que dos puntos oscuros que perforaban cruelmente el corazón de la luz.

Pero que quizá, en su oscuro corazón… tal vez también pudiese amar.


6 comentarios:

que historia tan hermosa. además siento que es muy personal, me ha emocionado y angustiado cuando debía hacerlo.
Además no es lineal, da unos ligeros giros que te hacen plantearte muchas cosas. Sin poder saber que es lo que va a pasar.

Adoro tu analogías, me recuerdan a mi adorada Tanith Lee.
Este relato corto es perfecto. De verdad.

pd:la img no se ve UU

buah, coincido con Eliu. Es una historia genial Nessa.

Casi hace que se te salte la lagrimilla al final. Me ha encantado la parte en la que aperece esa " criatura " que le dice que apague la luz, y al final, cuando se abrazan.

Muy bonita, en serio ^^

NESSAAA!!! :D :D
Cuanto tiempo!!! jejeje

Ya puedes estar siguiendo-la ¬¬
jejejejeje

Gracias chicas! La imagen a veces se ve, otras no o.0

Me apetecía escribir sobre una chica gótica enamorada de la oscuridad XD Y dar a entender que la oscuridad en sí misma no es malvada, sino que son los seres que hacen mal uso de ella a los que hay que temer :) En especial a los humanos...

Es un relato corto Crow! de un sólo capi ^^

Me gusta mucho esta historia, pero oye, que los góticos no vamos a los cementerios a cortarnos las venas XDDDD jajajaja

Me ha gustado la atmosfera que has creado, muy buena!

La mayoría no, ya lo sé, pero esta síp XD Es una chica especial.

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