El Templo del Ocaso

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Alia

Para Alia la noche era la mejor parte de las diecinueve horas que pasaba despierta cada día.

El sonido de los grillos, el ulular de los búhos y otros animales nocturnos, las estrellas en el firmamento y la hermosa luna reinando sobre el oscuro cielo. Sólo había algo aún más soberbio o arrebatador que la noche.

Pero aquella noche era diferente.

Sentada en el cómodo sillón frente a la chimenea, escuchaba ensimismada el rugido de la tormenta que arreciaba fuera de su acogedor hogar. Las ventanas temblaban azotadas por la lluvia y los truenos resonaban, rasgando el cielo e iluminando la estancia con su luz cegadora.

La fuerza de la madre naturaleza en todo su esplendor.

Cerró los ojos con una sonrisa en los labios; nada la calmaba tanto como el sonido de la tormenta. Recordaba que desde niña siempre le había fascinado. Siendo una chiquilla se sentaba en la repisa de la ventana y observaba con deleite la lluvia y los rayos. A veces la abría y dejaba que las frías gotas resbalasen por sus dedos, sintiéndola, deseando tener su fuerza. Otras veces lograba escaparse de la firme vigilancia de sus padres y salía al jardín, sintiéndola sobre su piel.
La observaba hasta que se caía de cansancio y entonces solía dormir acunada por su humedad, sosegada y en paz.

Aquella noche era especial ya que hacía mucho que no llovía, y Alia lo había echado en falta. Aquél mes había necesitado urgentemente su consuelo, y se había pasado los días mirando al cielo, sintiéndose triste al acostarse cada noche sin que hubiese siquiera lloviznado, sin que una amable nube gris manchase el límpido tapiz del cielo celeste.

No importaba lo que hubiese ocurrido durante el día, si llovía Alia se deshacía de los pesares y los males, como si la lluvia la renovase, limpiando aquello que le era dañino.

Apartó la cálida manta de sus piernas y tanteó con sus hinchados pies el frío linóleo del suelo hasta que se acostumbró a él; luego, con esfuerzo, se levantó de su asiento y cogió el largo cayado de madera del apoyabrazos y, sonriendo como una niña, paseó ayudada por su bastón hasta la puerta de la cocina.

Abrió la blanca puerta y dejó que la lluvia se colase dentro mientras ella salía al jardín, sintiendo la amarillenta hierba con sus pies desnudos. Dejó que sus malos recuerdos de esa semana se evaporasen con el caer del agua y aspiró una bocanada de húmedo aire, llenando sus pulmones. Pareció que ésta le daba la bienvenida, acariciando primero los dedos de sus estropeados pies.
Vio a los vecinos recoger a toda prisa la fallida barbacoa y rió divertida. En aquella zona la lluvia solía caer sin avisar, pero ellos eran nuevos en el pueblo y por lo tanto demasiado confiados.

- ¡Señora Bronson! – escuchó gritar al vecino, su voz sofocada por el retumbo de la lluvia.
Alia se giró de nuevo hacia él, alegre de sentir el torrente mojando su apergaminada piel.
El nuevo vecino, cuyo nombre no recordaba, le hacía señas para que entrase en casa, gritando que era demasiado mayor para estar bajo la lluvia, que podría coger una pulmonía, o eso le pareció oír.

Qué niño tan molesto, pensó irritada mientras movía el cayado indicándole que estaba bien.
Al final pareció darse por enterado y elevando las manos al cielo entró en casa tras la cotilla de su esposa, que asomaba la cabeza por el vano de la puerta.

Alia sabía que la consideraban una loca, pero le daba igual. Ella era feliz.

Alzó la cabeza y cerró los ojos dejando que la lluvia mojase su rostro y apegase su corto pelo grisáceo contra el cuero cabelludo lleno de manchas. Gruesas gotas corrían ocultándose por las profundas arrugas de su cara, empañaban los gruesos cristales de las gafas y aliviaban la hinchazón de sus ojos, que apenas podían ver.

- Mi hermana murió hace un par de semanas ¿La guiarás hasta su ventura por mí? Ella deseó siempre ser un hada y vivir con sus flores, tal vez en la próxima vida pueda serlo – le reveló quedamente a la lluvia.

Sintió que la corriente variaba levemente y en su interior supo que el espíritu de su adorada lluvia le decía que sí. Un trueno resonó en la distancia y Alia abrió los ojos, mientras reía.

- Parece que mi vista empeora, pero tú siempre me haces sentir mejor. – le dijo al aguacero - Tus truenos y rayos me hacen ver algunos matices ¡Matices! – masculló. – A veces los echo de menos. Echo de menos pintar, leer y escribir, pero con estos ojos ya no puedo. – frunció el ceño y suspiró, expulsando un halo de vapor de entre sus labios. – Pero todavía puedo sentirte, y eso es maravilloso.

La tormenta rugió repetidamente, consolándola y dándole ánimo, y Alia rió de nuevo.
- Sabía que esta noche vendrías. – le dijo a la tempestad. – Esta noche es mi cumpleaños, y siempre lo hemos celebrado juntos ¿Verdad? – la lluvia se suavizó y Alia lo entendió como un sí.- Jamás ha habido un día en el que no vinieses en esas fechas.

Alia se tambaleó cansada y apoyó firmemente el bastón hincándolo en el barro del suelo.

- Hoy cumplo ochenta y cuatro años. – dijo parpadeando pensativa - ¡Ochenta y cuatro! Llevamos juntos ochenta y cuatro años. – movió los pies sobre la hierba, las piernas le temblaban cansadas de estar de pie - Aunque supongo que para ti debe ser una nimiedad. – reflexionó.
El fuerte viento de la tempestad hizo volcar las mesas de plástico de los vecinos y mandó a volar las sillas. La barbacoa se tambaleó peligrosamente y tras un par de bamboleos cayó pesadamente a un lado, desparramando restos de hamburguesas a medio hacer.

- Los médicos, esos papanatas que creen que pueden darme órdenes por tener esas batas tan horrendas me han dicho que no viviré mucho más. – le dijo con una triste sonrisa a la tormenta – Tengo nosequé en los pulmones.

La tormenta se intensificó y a Alia le pareció que lloraba por ella. Los faldones de su bata azotaron sus doloridas y anchas piernas llenas de líquidos y ella se agarró al bastón con más fuerza, clavándolo aún más profundamente en el barrizal que era ahora su jardín.

- Pero no te angusties, eso no significa que nos vayamos a separar. – le aclaró Alia intentando calmarla. – Estoy segura de que encontraremos un modo para poder estar juntos.

Las frías gotas de lluvia empapaban a Alia por completo, colándose bajo su bata de felpa y el viento sacudía la puerta de su cocina, que golpeaba contra la pared rítmicamente.

Como el sonido de un tambor, le pareció a Alia.

La tormenta fue disminuyendo de intensidad hasta transformarse en una suave llovizna y poco a poco el sonido de fue apagando, alejándose del jardín de Alia.

Los colores volvieron primero, suaves tonos pastel al principio, luego pinceladas de tonos fríos. Azules y blancos se entremezclaban y separaban ante su sorprendida mirada. Y por último los rugientes cálidos como el naranja y el amarillo que surgieron de pronto al igual que las flores hacen en plena primavera, abriéndose en abanico para su goce.

Luego se marcharon las arrugas que habían ido aposentándose en su piel a lo largo de décadas de vida, marcándola como un amoroso maestro talla la madera. Las manchas de su piel desaparecieron con un suspiro, evaporándose con los colores.

Alia sonrió contenta y miró a su alrededor. Las nubes flotaban y se ondulaban bajo sus pies, húmedas y agradables, formando torreones y balcones, altas murallas y amplios jardines. Nubes blancas, nubes grisáceas, nubes amarillas y verdes, nubes de colores inimaginables adornadas con arcoíris que parecían cruzarlas de un lado a otro como puentes. El aire era frío pero cálido, amable pero fuerte, y mecía las brillantes gotas de lluvia que nadaban en aquél nirvana, flotando alegres sobre las corrientes.

El palacio era húmedo y olía a tierra, pero también a plátano, a helado de vainilla y a chocolate caliente.

Alia carcajeó de felicidad y dio vueltas y más vueltas sobre su nuevo cuerpo mientras su piel se aclaraba hasta volverse translúcida y su interior se tornaba agua. Cuando paró vio que pequeñas olas saltaban sobre sus desnudos muslos y translúcidos pechos y que su larga cabellera de fino musgo ondeaba a su alrededor.

Ella misma tenía aquél olor que tanto conocía, el olor a lluvia recién caída.

- Alia. – susurró una voz a su espalda.

Una voz que recordaba a una apasionada tormenta veraniega, a una llovizna, a las gotas de rocío, a un ciclón desatado que barría con furia y poder tierras y mares. Una voz que Alia conocía muy bien, pues la había escuchado durante toda su vida.

Alia giró sobre sí misma y sonrió a su Tormenta.

- Ya estoy aquí.- dijo simplemente mientras le abría los brazos.

La alta figura de musgo y agua se movió como una ola hasta ella y la rodeó con sus brazos más oscuros, revueltos como las olas del mar que golpeaban las costas de su niñez. Como las tormentas marinas que azotaban su tierra y que ella siempre había amado.

Ahora ambos eran espíritus de lluvia y mar, de tempestad y marea, y jamás volverían a estar separados.

6 comentarios:

Es precioso Nessa, me ha emocionado muchísimo.
incluso se me han saltado las lágrimas...
Esta tarde a llovido y el aire huele a tierra y hojas mojadas. En otro tiempo yo era de las que corría riendo bajo la lluvia y por eso entiendo a Alia.
A veces hallamos más consuelo en algo como el viento, el mar, la lluvia o las estrellas que en nuestros propios semejantes.
Sería maravilloso poder unirnos con ellos como en tu relato.
estoy emocionada...

Nessa!!! Me encanta!! ^^' estoy sin palabras.

¡¡Mucha sgracias chicas!! Aiss, estoy plorera hoy

aki se ha puesto a llover mientras estaba leyendo XD

Solo te dire k este relato me ha recordado a un momento de mi vida en que yo era pekeña... joder k recuerdos :'(

Muy hermoso el relato Nessa ^^ Y el final me encanta!*o*

Buah Nessa, un relato precioso. A veces las cosas simples son las que más nos llegan.

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