El Templo del Ocaso

Blog de relatos de escritores novel. Fantasía, Terror, Romance...

LA FORTALEZA ROJA-IV

El Aullido




El olor a humo y sangre había ahondado en las fosas nasales de la niña águila y sus pulmones ardían por el esfuerzo de respirar. El bosque la había acogido con un extraño frescor que ella no podía percibir, todo su cuerpo ardía por el fuego que había lamido su piel y la vista le fallaba. Pero aún así no cesó de correr.

Los gritos seguían resonando en sus oídos y el corazón le palpitaba con fuerza. Su madre le había dicho que corriera hacia el bosque y se internara en él, más tarde la iría a buscar. Todo esto se lo dijo envuelta en llamas, pero una niña de cuatro años posee una fe ciega en su madre y la pequeña raza de águila corrió sin mirar atrás. No fue consciente que había llegado al bosque hasta que dejó de notar el resplandor rojizo de las llamas que inundaban su pueblo, destruyéndolo sin remedio. Las raíces de los árboles la hacían trastabillar, pero ella no se detenía ignorando los arbustos que le arañaban la abrasada piel y las afiladas piedras que dañaban sus pies descalzos.
Los demonios que habitaban el bosque la observaban con aprensión, oliendo la huella de un superior impreso en la pequeña. Aquella niña estaba condenada y ellos no pensaban arrebatarle una víctima a un señor del inframundo. La niña águila se dejó caer de puro agotamiento, la hojarasca amortiguó su caída. Pero el ardor de la piel y las infinitas heridas que le había propinado el bosque la torturaban. Sollozó con el rostro hundido en el follaje y apretándolo entre sus pequeños puños. ¿Qué había pasado? Recordaba los gritos y el aullido, el terrible aullido que había turbado el rostro de su madre y había hecho que el cuenco se cayera de su mano, destruyéndose en mil pedazos.

El aullido no había sido proferido por un lobo normal, eso incluso la pequeña pudo reconocerlo. Pero lo que realmente le hizo saber que algo iba mal fue el rostro de su madre. Y entonces los gritos y el temblor de la tierra. La mujer águila abrazó a su hija temblando horriblemente y susurrando una plegaria a su tótem mientras le acariciaba el cabello rojo. Su rostro de afiladas facciones se dirigió a la puerta cuando el ruido terminó, pero no había tranquilidad en él. La mujer águila ya había vivido aquello, ella era poco mayor que su hija. Pero lo recordaba perfectamente.
Sabía lo que pasaría ahora.

En un instante, las paredes de la cabaña se incendiaron y las llamas se intensificaron hasta alcanzar a madre e hija. Notaron el terrible calor y el humo no les permitía respirar. La madre arrojó una jarra de agua sobre su hija para que pudiera atravesar las llamas, iba a hacer lo mismo con ella misma pero observó desesperada que su vestido se había prendido sin remedio. El agua no consiguió apagar la tela y sollozando, sabiendo que no podía hacer nada más, se precipitó contra la puerta para echarla abajo. Esta cedió con facilidad y la niña pudo salir al exterior. -corre Reefa... –

La humedad del follaje la refrescó ligeramente, siendo un bálsamo para su piel. Sus pulmones y corazón recuperaron lentamente el sosiego y se dejó mecer por la noche y el susurro de las criaturas que lo habitaban. Se incorporó lo suficiente como para gatear hacía el tronco de un árbol y apoyarse contra él. Dejó que su intenso cabello rojo cayera en cascada cubriéndola como una llama y reposó, aguardando a la madre que nunca vendría.


Muy cerca de allí, un ejército que parecía salido del inframundo, cruzaba el bosque de regreso a su hogar. Muchos de ellos captaron el olor del humo y la sangre, pero solo uno se paro y extrañamente atraído, se separó del resto internándose más en el bosque. Los demonios se apartaron al reconocer el yelmo que el ser y la montura portaban. Se encontró lo suficientemente cerca como para distinguir una forma tan roja como la sangre y los ojos del mismo color que las ranuras del infernal yelmo dejaban ver, se encendieron.

La niña águila estaba acurrucada contra el haya que había usado de apoyo. No sabía cuanto tiempo había esperado, pero empezaba a ser muy consciente de la negrura del bosque a su alrededor y el miedo comenzaba a aparecer, oprimiéndole el pecho y haciéndola gemir ante el más mínimo sonido. El horror se apoderó de ella cuando entre la maleza apareció lo que asemejaba la calavera de un equino pero horriblemente deformada y que brillaba como el metal. La niña águila se apretó contra el tronco del haya y miró en derredor esperando ver a su madre, pero no la vio.
El equino del inframundo relinchó y el vaho salió por las fosas nasales. Dio unos pasos más y apareció su jinete, que a la pequeña se le antojó el ser más espeluznante que cualquier pesadilla podría concebir. Al igual que su montura, era una calavera de formas diabólicamente enrevesadas y la textura del metal. Pero en este caso, el horror se hacía más intenso, ya que unos luminosos ojos rojos se clavaron en ella, destruyendo su inocencia infantil.


El demonio viene a por mí, intentó resignarse la pequeña con lágrimas en los ojos y se puso de pie, mirando a su alrededor, con la esperanza de que su madre apareciera en ese momento y la rescatara.

El jinete la miró con los ojos aún encendidos y captó el miedo. La pequeña vio las manos metálicas alzarse hacía el cadavérico rostro.

Continuará...

5 comentarios:

¡¡Síiii!! Ahí llega Frainost. Wihaaa

Pobre Goethia

no digais nombres x dios!!! k yo hay trozos k no los he leido XD
Me encanta esta niñita aguila :D :D

Pobrecita, perder a su madre y el pueblo entero de esa forma... No se alcanza uno a imaginar el estar en una situación así y luego ya sentirse perdido.

^^ Excelente Eliu!!!

Pobre niña...me da mucha pena, esperemos a ver que oculta el jinete.

Vaya tanda de relatos tristes, a este paso acabare con el paquete de clinex en mano...

Aunque este más que triste, es sobrecogedor. Coincido con la opinión de Lyda....

veamos que oculta el jinete, muahahaha

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