El Templo del Ocaso

Blog de relatos de escritores novel. Fantasía, Terror, Romance...





Subimos a mi habitación, está igual que siempre. Vacía descontando el mullido lecho de blancas mantas.
Dejó mi bolsa sobre él y me siento. Me sobresalto como siempre, he vuelto a olvidar lo que es una superficie blanda. Me dejo caer al suelo y me siento mejor.

Humè de pie en la entrada, das dos pasos también te sientas en el suelo frente a mí.

-Pronto nos iremos de aquí. Te lo prometo-
Le hablo a tus oídos muertos, pero en realidad me lo digo más a mi mismo con la esperanza de que sea real.

Desde mi ventana abierta se oyen los pasos de los eiszeis y el canto de las donzhelas en la fuente. Humè y yo nos sumimos en el silencio y dejamos pasar las horas así. Mirándonos a los ojos.
Humè, puedes verme a pesar de estar muerta? Funcionan tus ojos de perla o se han apagado para siempre? Cómo pudiste encontrarme en el desierto blanco? Sientes algo?
Te pregunto con la mirada de mis ojos dispares, mis labios están estáticos como tu corazón Es mejor así, en esta casa las paredes tienen unos oídos que se llaman Sosna.
Casi como si evocarla en mi pensamiento la hubiera invocado, mi hermana aparece en la entrada de mi cuarto. Nos mira con su mirada increíblemente fría y habla con una voz más fría si cave.

“Mam dice que bajes a cenar.”

“gracias” le contesto con tono neutro, no la odio, pero ofreceré algún cariño sería como ofrecérselo a una piedra, hace tiempo que lo descubrí.
Se gira y se aleja lentamente, oigo sus pasos bajando la escalera, cuando dejo de oírlos me pongo en pie, pero antes me acuclillo frente a ti.
Poso una mano en tu hombro, no puedo sentir tu tacto llevando mi abrigo de foca sobre él.

-Espérame aquí.

No me ofreces ni un gesto, sólo espero que comprendas.

Mamke y Sosna están pie junto a sus respectivos asientos para esperarme. Cuando entro en la cocina me llega el olor de los alimentos cocinados y se me revuelve el estomago, pero no puedo demostrarlo, sería una descortesía.
Tomo asiento en el lugar que ocupaba mi paske cuando estaba entre nosotros y ellas se sientan después de mi. Ponemos la palma de la mano derecha sobre el plato y damos gracias por los alimentos.

-Im-mi ‘e.

Noto que mamke continua disgustada porque haya traído a Humè, no me habla, no me pregunta cómo me ha ido en mis viajes, dónde he estado, qué he visto. No habla.

Sosna hace otro tanto, como el eco sordo de mamke, ahora puedo verlas tan parecidas que me entra un escalofrío. Ellas comen lentamente, pero sin saborear.
Miro lo que hay sobre la mesa. Carne asada de foca, una ensalada de algas azules. Hogazas de pan salino y un bol con salsa de grasa especiada con minerales en polvo.

Cojo algo de pan y un poco de ensalada y como más lentamente que ellas, para que no le siente mal a mi cuerpo desacostumbrado a estos alimentos.

-Deberías comer mejor, estás muy delgado-
El comentario típico de una mamke que me hace mi mam me alivia. A pesar de todo soy su hijo y se preocupa por mí.
Cojo un poco de foca asada para hacerla feliz.
Quizá el sentirme mejor porque mamke me ha hablado hace que en ese momento lo recuerde.

-Hace poco recibí un pago de aguamarinas. Son muy puras. Había pensado que podrían servir para la dote de Sosna.

Noto la mirada envenenada de Sosna, ella no desea unirse a nadie, quería ser donzhela y no ha podido. Pero como hermana del sonhek, debe tener descendencia que me lleve al retiro cuando mis ojos se apaguen y nazca otro sonhek.

Mamke, del modo flemático de los eiszes, parece animarse también.

-es una buena idea, las aguamarinas son muy valiosas y los mejores pretendientes valoraran que haya en la dote.
Sosna termina de comer, noto que quiere marcharse y no oír más la conversación, pero el protocolo no le permite levantarse antes que yo.
Decido no prolongar su tortura y como más deprisa para dejar que se vaya a maldecir en silencio detrás de su mascara inalterable.

Me pongo en pie y Sosna recoge los platos tan rápido como puede sin despertar sospechas de tener verdadera prisa.

Mamke coge mi mano, me sorprende. Me mira con dureza, pero su mano es más cálida.

-Sveritze.
Estoy orgullosa de ti, no quiero que cambie eso.

Sé que se refiere a Humè.
Le sostengo la mirada, apartarla, bajarla, sería lo peor que podría hacer.
Aprieto su mano.

.-No cambiará, mam.

Ella asiente y su mirada sube unos grados. Sus intensos ojos azules me piden esa promesa y ahora se sienten algo satisfechos.

No quiero decepcionarla, no quiero que vuelva a sufrir.

Mientras Sosna lava los platos, mamke y yo hacemos inventario de las gemas que he conseguido en este viaje. Me alegra oírla hablarme como si nada hubiera ocurrido.
Me cuenta que el último intermediario fue atacado en los caminos y además de robado, perdió la vida.
Me preocupa oír eso, ni siquiera los guardias son capaces de defender a las caravanas de los eisze-nidui.

No se dan cuenta que la vida en las ciudades les ha vuelto ruidosos y vulnerables en terreno abierto. Mientras los eisze-nidui son tan silenciosos como una sombra blanca sobre la nieve.

Ellos me respetan como yo les respeto a ellos y no me atacan. Siento que las últimas gemas no pudieran llegar y me prometo buscar intermediarios mejor preparados aunque sus honorarios sean más elevados.

Les doy las buenas noches y subo a mi habitación rechazando la lámpara de mano que me ofrece sosna. Las luces artificiales me resultan molestas y acostumbrado a las negrísimas noches del desierto blanco, las sombras de la casa no son nada, puedo ver perfectamente cada escalón.

Humè, me esperas sin haberte movido ni un ápice. el paradigma de la calma, y deseo tocarte, sentir tu piel, tu pelo. No, no puedo hacer eso.
Entro en la habitación recordando dejar la puerta abierta y me siento en el suelo.
Te miro en silencio, no puedo arriesgarme a hablarte, mamke y sosna podrían oírme.

“buenas noches” susurro tan bajo que ni yo mismo puedo oírme.
Me estiro en el lecho, intentando ser “civilizado”, a pesar de encontrarlo incomodísimamente blando. Me pesa el estomago, la carne asada no me ha sentado bien, pero cierro los ojos, esperando poder dormirme a pesar de sentir que la habitación se cae sobre mí, que el aire es irrespirablemente cargado, caliente.
Cierro los ojos, estirado boca arriba, rígido como una columna.

2 comentarios:

Genial que te hayas animado a publicar más de ésta historia!!

Hace unos días entré al blog para mostrárselo a alguien y pensé en continuar algunas cosas que dejé por ahí en el limbo.

Me alegra mucho leerte, ésta historia me gusta mucho. :)

Pero, pero, ¿cómo nos dejas así?

Espero que estés bien.

Un abrazo.

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