El Templo del Ocaso

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Sany miraba a Lilia pasear de un lado a otro repartiendo comida y sonreía. La había arrinconado de camino a la cocina e informado que se vería con su caballero esa misma noche. Se alegraba por su amiga, pero ella tenía otras cosas en mente.
Sany servía a los sacerdotes, pero como pasaba tanto tiempo en el jardín del último nivel, también tenía mucho trato con los hechiceros que se encontraba allí. Había conocido a Bel y poco a poco habían trabado amistad. Bel era un aprendiz de hechicero y se especializaba en la magia herbaria. Por eso pasaba tanto tiempo en el jardín.
Él era tremendamente tímido y fue Sany la que le habló por primera vez haciéndole preguntas sobre las flores. de eso hacía tres años y Sany ya tenía diecisiete y Bel veintidós. Cada día hablaban y se acercaban más el uno al otro. A Sany le había costado conseguirlo, pero una vez le había cogido confianza, Bel le explicaba cosas fascinantes.
Bel no era como el caballero de Lilia. Era un simple humano de ojos verde hierba y manos delicadas. De una timidez encantadora y palabras susurradas. Pero Sany no le cambiaría por nada del mundo, sobre todo después de que tres días atrás la había besado tras ponerle un ranúnculo en los cabellos.
Esa flor estaba envuelta en un pañuelo bajo la almohada de la sirvienta y ella la tocaba cada noche antes de dormir.
Sany se acercó con su bandeja a la mesa de Bel y ambos se rozaron las manos con discreción.
Pero la muchacha nunca había hablado de esto con Lilia. Sabía que su amiga no podría evitar comparar a Bel con Frainost y a Sany le hubiera dolido eso.

Al fin el banquete había terminado y todo estaba recogido. Lilia estaba tan impaciente por marcharse a su habitación a arreglarse que no cabía en si de los nervios. Cuando por fin estuvo en su cuarto se relajó mientras arrojaba el delantal a un rincón.
-Puff- resopló Sany mientras se apartaba el sudado cabello de la frente- la próxima vez fingiré estar enferma.
Lilia asintió
-Creo que yo haré lo mismo-
-Entonces sería sospechoso. No crees?-
Las dos muchachas rieron.
Unos golpes sonaron en la puerta, ambas se miraron sorprendidas.
Sany abrió la puerta con cuidado y encontró a Miria.
-A sucedido algo?- preguntó con cierta inquietud ante la insólita visita.
La jefa de sirvientes negó.
-No os preocupéis muchachas, tan solo necesito un favor.
Las jóvenes sirvientas la miraron con interés.
-Puedo pasar?- Sany se apresuró a abrirle paso, ruborizándose por su falta de cortesía. Pero sus ojos se abrieron como platos al ver lo que la mujer llevaba de la mano.
Era la niña águila de la que todos hablaban. La niña que había traído el capitán Frainost.
Lilia miró a la pequeña con aprensión, recordando cuando la había visto en la habitación de su caballero.
-Los cuchicheos corren más que el viento- dijo la mujer- así que supongo que ya sabéis quien es-
Sany asintió estupefacta. Lilia se retorcía el vestido.
-Hasta mañana no podemos prepararle una habitación y yo no puedo acogerla. Esta noche se quedará con vosotras-
La niña las miró con ojos de búho. Llevaba un camisoncito blanco que debía haber pertenecido a la nieta de Miria y el contraste con su piel morena era tremendo.
Sany se acuclilló frente a la pequeña y le sonrió.
-Ya verás, te cuidaremos muy bien. Soy Sany, y tú?
-No entiende nuestro idioma y tampoco habla-dijo Miria.
La sirvienta la miró con tristeza.
-Vaya… bien, no importa.
Sany miró a su alrededor buscando algo. Se le iluminaron los ojos y corrió al jarrón que tenía en la ventana. Cogió un ranúnculo rojo y se lo tendió a la niña.
La pequeña dudó y lentamente alargó su manita y cogió la flor.
Sany le dedicó una radiante sonrisa y la niña águila abrazó la flor. Roja como la sangre, roja como los ojos de su salvador.
Miria miró a Sany con ternura. La muchacha era dulce y bondadosa, cuidaría bien de la niña. Sin embargo, Lilia continuaba quieta y envarada sin decir una palabra. La mujer frunció el ceño, algo no andaba bien en Lilia.

Frainost se sentó en su lecho mientras esperaba a la sirvienta. Pero estaba nervioso, la niña iba a dormir con desconocidos esa noche y eso le inquietaba. Sabía que Miria se encargaría bien de ella, pero había estado una semana sin separarse de la pequeña y sentía un vacio en el pecho. Realmente se había encariñado con ella y la perspectiva de darle su nombre le ilusionaba.
Su nombre… La niña no hablaba y no podía decir cual era su nombre, debía ponerle un nombre a la pequeña que iba a convertirse en su hija.
Inmediatamente pensó en su madre, le dolió recordar el pasado. Pero su madre tenía un hermoso y noble nombre, Dyleina. Dyleina Aseph, perfecto.
-Espero que Dyleina duerma bien- dijo para sí.

Lilia se escabulló del edificio de los sirvientes y atravesó el patio de la fortaleza con premura.
La noche era despejada y los rayos de Xiril tornaban todo de color azulado, Lilia frunció el ceño, esa luminosidad hacía que su vestido color crema adquiriera un tono verdoso enfermizo. Pero dentro de la fortaleza la luz cálida de las lámparas y antorchas mostraría el verdadero color del vestido y  eso la tranquilizó. Aun estaba enfadada por el tropiezo con Drechtel, se arrepentía de haberle hablado del modo que lo hizo, pero en aquellos momentos se había sentido tan furiosa al pensar que Frainost la vería con ese aspecto.
Rodeó la mole en la que había una entrada lateral para los sirvientes y saludó a los dos guardias que había apostados en ella.
La dejaron pasar y entonces se paró. Suspiró, se alisó el vestido y el cabello y se irguió para parecer lo más distinguida posible.
Estaba orgullosa de sus vestidos, era la sirvienta que más vestidos y más bonitos tenía. Quería lucir bien en cualquier momento a pesar de que se mancharan, pero ella siempre había sido cuidadosa.
Sany en cambio, siempre llevaba blusa blanca y faldas simples y de colores oscuros, ella ahorra cada moneda. Decía que quería ir a vivir a la ciudad de Elinor, conocida por sus hermosos jardines floridos todo el año y tener un negocio allí, que no iba a ser sirvienta para siempre. Lilia tampoco pensaba ser sirvienta para siempre, pero ella tenía otros planes.
Recorrió el estrecho corredor de piedra rojiza que la conduciría hasta la alcoba de su caballero.
La fortaleza estaba tremendamente silenciosa y ella se alegraba de estar allí en lugar de en su habitación con la sonriente Sany y esa horrible niña, no estaba segura de poder dormir con ellas a su lado. No entendía porque su caballero había traído eso con él y la trataba con una dulzura que jamás podría haber imaginado. Ojala Frainost le pidiera que pasara la noche con él, pero ella sabía que eso no era posible, aun no al menos.

Ya estaba en frente de la puerta. Volvió a comprobar su aspecto y llamó.
Cuando Lilia abrió la puerta halló a Frainost sentado en la cama, con la camisa desanudada, descalzo y con los antebrazos apoyados en las piernas.
El ojos de sangre había encendido un par de lámparas de aceite en consideración a ella, que como humana no podía ver en la oscuridad.
La muchacha se apartó el largo cabello dorado y caminó hacia él. Frainost la observa como un depredador observa a su presa. Se puso en pie lentamente para no sorprenderla.
El pecho de Lilia subía y bajaba ante la anticipación de lo que iba a pasar.
El ojos de sangre se inclinó hacia ella y acarició su oreja con los labios.
-buenas noches Lilia- susurró.
La muchacha se estremeció y sintió como se le aflojaban las rodillas.
Con celeridad Frainost la cogió de la cintura y la apretó contra si.
Lilia se sonrojó al sentir la presión de capitán.
Él la miró con intensidad y deseo. Acarició su dorado cabello y se inclinó para besarla en el cuello. Lilia se encendía con las caricias del ojos de sangre.
-desnúdame Lilia.
Las otras tres veces también se lo había pedido. ¿Era para quitarle la timidez al mostrarse él primero y dejar que lo hiciera ella?
La muchacha toco el bajo de la camisa de hilo negro y la fue levantando poco a poco mientras Frainost la ayudaba alzando los brazos.
El pulso de Lilia se aceleraba y cuando la camisa fue quitada, El ojos de sangre la arrojó a una silla.
Ella se embebió con la visión del fuerte y hermoso cuerpo del guerrero y no pudo evitar alzar una mano y pasearla por la pálida piel de su pecho.

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